viernes, 27 de marzo de 2015

EL PASO DEL TIEMPO




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EL PASO DEL TIEMPO

    Creota, dime ¿cómo eran los libros?

   Los libros se hacían con papel y tinta. El papel se obtenía a partir de la pasta de celulosa que, a su vez, se obtenía a partir de la madera de ciertos árboles cómo el pino, abedul o alerce. Y la tinta….

   ¡Para, para, Creota! ¿Árboles? ¿Qué son los arboles? Ponme imágenes, por favor.

    Como desees, ahí las tienes.

   ¿Eso son arboles? ¿Se movían? ¿Olían? ¿Donde están ahora?

   Los arboles existieron en la Tierra hasta el siglo XXIII, intentaron repoblarlos cuando su número descendió por los incendios y la sobreexplotación. Pero al final, hubo una plaga de insectos que acabó con todos ellos

   Rodéame de arboles Creota, me encantaría sentirlos.

   Cómo desees.

     ¡Es una maravilla! ¿Cómo pudieron esquilmarlos de esa forma? ¿Los libros fueron los culpables? ¿Se necesitaba tanto papel para hacerlos?

   No fueron los libros, porque en el siglo XXI se inventó el libro electrónico. Se podía leer en el ordenador cualquier libro,  eso hizo que la propiedad intelectual se viera dañada, así como los derechos de autor.

   Pero si ahora cualquiera puede descargarse en su cerebro cualquier obra, tanto musical como literaria.

   Sí, y los autores son pagados por ello, por cada descarga reciben un porcentaje.

  ¡ Ah, bueno! eso ya lo sabía.

   De todos modos, ¿aún existen libros?

   Sí,  están custodiados, porque los insectos que aniquilaron los arboles también destruyeron miles de libros. Las bibliotecas tuvieron que darse mucha prisa para guardar los ejemplares más importantes,  aún así, se perdieron muchos. Pero siempre nos quedaran los que se digitalizaron.

   Y ¿qué diferencia había entre un libro electrónico y uno de papel? el contenido es el mismo.

   Si, el contenido sí. Pero muchos lectores echaban de menos el olor del papel impreso, el tacto, el hecho de pasar una página, escribir dedicatorias o marcar ciertos pasajes. El tacto de un libro creaba un vínculo con el lector que no se reemplazó por el electrónico y, menos aún, con el que ahora tenemos. Hoy, eres capaz de leer un libro en menos de cinco segundos. Antes, podías pasar días leyendo uno. Había gente que llevaba su libro en el transporte público, o lo leía en el parque, bajo los árboles en primavera, o incluso, en su casa cerca de una chimenea en invierno.

   No me lo imagino, la verdad. Eso era una pérdida de tiempo.

   No, no lo era. Era una forma de traspasar los pensamientos, de hacer sentir, de razonar, de disfrutar, que ahora no tenéis.

   Pero si yo he leído ya más de cinco mil obras distintas,  en esa época la gente no tenía tiempo para tantas obras  a lo largo de su vida, y yo solo tengo 15 años.

   No lo has leído, te lo han implantado, no es lo mismo. No te has conmovido, ni reído, ni siquiera has sentido la intriga de saber qué es lo que va a pasar.

   ¿Y qué ganaría con ello?

   Eso mi querida niña, es algo que jamás podré enseñarte.




miércoles, 25 de febrero de 2015

RUMORES VECINALES

RUMORES VECINALES

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La campanilla de la tienda de ultramarinos de Don Benito tintineó, justo en el momento en el que, Don Benito y las hermanas Claudia y Andrea miraban fijamente la báscula comprobando el peso de los garbanzos.  Los tres giraron sus cabezas al unísono para ver cómo Doña Isabel entraba en la tienda.
 Doña Isabel saludó de mala gana.
   ¡Buenos días!
   ¡Buenos días!− respondió con una sonrisa Don Benito- enseguida estoy con usted
 Las hermanas se miraron y asintieron con la cabeza, a la vez que Claudia, guiñaba un ojo a su hermana, en un gesto de complicidad que Doña Isabel no percibió.
    Don Benito− dijo Andrea−nosotras no tenemos prisa, si Doña Isabel anda apurada de tiempo, puede usted atenderla.
Doña Isabel miró a las hermanas y con una ligera inclinación de la cabeza agradeció el gesto.
Cuando tintineó de nuevo la campanilla, tras la salida de Doña Isabel de la tienda,  las dos hermanas empezaron a cuchichear
    Estoy segura − dijo Andrea- lo lleva escrito en la cara
    No sé Claudia, quizá sólo sean rumores− contestó Andrea
    ¿De qué hablan señoritas? − preguntó Don Benito.
    ¿Es que no sabe lo que andan diciendo por ahí de Doña Isabel?, es imposible que no lo sepa − respondió Andrea
    Pues no, no lo sé − dijo Don Benito− me paso la vida en la tienda y aunque me entero de muchas cosas, de otras no.
    Pues verá − dijo Andrea bajando la voz − Hace un mes llegó una carta de Estados Unidos a nombre de Doña Isabel, me lo comentó el cartero cuando estaba colocando las cartas en los buzones. Ya sabe, una carta de tan lejos no se recibe habitualmente, y menos a ella, una mujer soltera que vive sola desde hace tantos años.
    ¿Y? − dijo Don Benito − puede ser de algún familiar que viva allí
    ¡Eso pensamos todos!, pero al día siguiente llegó otra carta de Estados Unidos con acuse de recibo de un bufete, de cierto renombre al parecer.
    ¡Pues será una herencia, qué suerte tiene! −  rió Don Benito mientras cerraba la bolsa de los garbanzos.
    Eso pensamos, ciertamente. Pero…… al día siguiente, se presentó un hombre en su casa. Muy elegantemente vestido y mucho más joven que ella. Estuvo en su casa más de tres horas.
    ¿Estuvieron observando por la mirilla?− preguntó Don Benito incrédulo.
    Bueno − se sonrojó Andrea − es un hombre muy atractivo. Y sentíamos cierta curiosidad. En fin, el caso es que ese hombre, desde entonces, no ha dejado de acudir a su casa todas las tardes. Vamos, que a la vejez viruelas.
    Yo no creo que Doña Isabel sea ese tipo de mujer− sentenció Don Benito.
    ¡Pues ya me dirá que hace un hombre yendo a su casa todas las tardes durante más de tres horas! − contestó Andrea un tanto airada.
    Eso a usted no creo que le incumba − respondió Don Benito − son veinticinco pesetas Doña Andrea
    Pues todo el barrio anda diciendo lo mismo, no crea que somos nosotras las únicas que pensamos que Doña Isabel tiene un lío − respondió Andrea a la vez que pagaba su compra −  el tiempo nos lo dirá, pero creo que no andamos equivocadas.
    Así sea, buenos días señoras −  despidió Don Benito a las hermanas
    Buenos días −respondieron al unísono mientras salían de la tienda algo enfurruñadas con el tendero.
 Doña Isabel nunca fue mujer de chismes de portería, y jamás dio explicaciones a nadie de su vida. Por lo que, el que un hombre joven y elegante visitara su casa todos los días, sin compañía de nadie, hizo que los rumores fueran en aumento.
 Tres meses más tarde, Doña Isabel preparó sus maletas, y del brazo del caballero salió por el portal.  Todas las vecinas la miraron con cierta envidia y curiosidad, pero ella, con la cabeza bien alta, las ignoró y se marchó sin decir adiós.
    ¿A dónde habrá ido Doña Isabel?− preguntó Claudia a Don Benito una tarde.
    Pues imagino que a vivir a otro sitio −  respondió con sorna el tendero
    ¡Ríase Don Benito!, pero irse a vivir con un hombre tan joven no está bien −  respondió un tanto airada.
    Pues yo creo que ella no es de su opinión Doña Claudia − dijo el tendero − Parecía feliz cuando la vi subiendo al coche.
    ¡No está bien Don Benito!, ¿A dónde iremos a parar? − respondió Andrea mientras se persignaba.


Lo que las hermanas no supieron nunca, pues Don Benito jamás se lo dijo, es que Doña Isabel estuvo casada cuando era joven y tuvo un hijo. Su marido, norteamericano, se divorció y se quedó con la custodia. Ella regresó a España y esperó durante años a que su hijo creciera y se hiciera mayor de edad para ponerse en contacto con él. 

sábado, 21 de febrero de 2015

VIAJE A MARTE

Viaje a Marte

Me supuso un gran esfuerzo conseguir ser uno de los tripulantes de la nave con destino a Marte. Tuve que superar tanto pruebas físicas como psíquicas, de capacidad mental y de habilidad social. Años de preparación, sacrificio y dedicación en exclusiva que, tanto mi familia cómo yo, antepusimos a cualquier otra cosa.
El día que me puse el traje, entré en la nave y ocupé mi puesto sentí que había logrado uno de mis objetivos y que estaba encaminado para el siguiente. No soy capaz de describir esa emoción, esa sensación que te inunda cuerpo, alma, mente y que, incluso, te deja sin respiración unos segundos.
Poder ver la Tierra desde el espacio es indescriptible, el azul predomina sobre el resto de colores y parece mentira que, allí abajo, haya tanta vida que ignore que algo les observa.
¿Habrá vida más allá de la Tierra?, es algo que siempre me pregunté. No era capaz de imaginar que fuésemos los únicos seres que habiten en un Universo tan grande, no creía ser fruto de una serie de fortuitas casualidades. No. Ahí fuera hay vida.
Viajaba en busca de respuestas, en busca de preguntas, en busca de lo desconocido y en busca de mi mismo. Demasiadas cosas para un tiempo tan pequeño, para una escapada de la que ni siquiera sabíamos si lograríamos regresar. Pero era ¡tan emocionante!
Los primeros días, (por decirlo así, ya que no hay día ni noche) nos mantuvimos muy ocupados fotografiando la Tierra y la Luna. El tiempo pasaba muy deprisa e intentábamos cumplir todas nuestras obligaciones. Hablábamos con la base cada veinticuatro horas y todo discurría con la normalidad programada.
Pero a medida que hacíamos kilómetros, las horas se hacían más largas y parecía que no llegáramos nunca. Al fin, después de casi trescientos cincuenta días, aterrizamos en Marte. Y fue entonces, cuando volví a tener aquella sensación, la que me dejó sin respiración unos segundos. Salí de la nave, y pude observar el espacio desde Marte, pisé el planeta rojo, fui la primera persona en hacerlo y me sentí el ser más afortunado del Universo. Todo iba bien, todo funcionaba correctamente y de repente no sé qué ocurrió, mis compañeros me gritaban por el auricular que me tranquilizara, que lo arreglarían. Me sentía bien, no tenía miedo, había logrado mi objetivo. ¡Estaba pisando Marte!
No sé cuánto tiempo estuve caminando, unos minutos posiblemente, hasta que me quedé sin aire. No obtuve las respuestas que buscaba, pero lo último que pensé fue, que sería el primer hombre que dejara sus huesos en Marte y que quizá, años o siglos más tarde “alguien” me encontraría

martes, 29 de octubre de 2013

¿Y AHORA QUÉ?


 ¿Y ahora?

   Miraba por la ventana intentando imaginar cómo serían sus días a partir de entonces. Año y medio de paro, no garantizado, posibilidad de que no dejen de ofrecerle trabajos para los que está altamente cualificado pero paupérrimamente pagado o trabajos que no tienen relación con sus capacidades.

 Allí sentado, mirando la calle sin ver, su mente no dejaba de imaginar situaciones irreales que iba desterrando a medida que surgían. Hasta que una de ellas ocupó su tiempo más que el resto, tanto, que hasta se levantó de la silla y se dirigió a su escritorio. Abrió uno tras otro los cajones, revolviendo y buscando de modo automático, hasta que ¡vualá! Apareció su pluma Mont Blanc.

 Aquella pluma fue el artífice de sus mayores logros, no había examen que no hubiera sido escrito con ella en los años de carrera. La miró con cierta nostalgia y abrió el capuchón, parte de la tinta negra que usaba se había quedado seca en el plumín de oro. Desenroscó la parte superior y se dirigió al lavabo para limpiarla cuidadosamente. No daba crédito a pensar que había sido capaz de abandonarla en el escritorio sin haberla limpiado antes. Y cómo una cosa lleva a la otra, (la mente va de por libre), recordó que tras su último examen la dejó en el cajón pendiente de su cuidado, pero no volvió a abrirlo. Llamadas, viajes, amores, trabajo y no tener demasiado tiempo hicieron que olvidara a esa amiga fiel durante años.

 Tardó varios minutos en dejarla cómo nueva y volvió al escritorio para buscar cartuchos de tinta, pero los que encontró estaban secos. Así que, se calzó sus zapatillas y bajó a la papelería con su pluma dispuesto a encontrar los cartuchos que precisaba. Pero el tiempo pasa para todo, y no encontraba cartuchos de repuesto. Su cara ante el dependiente debió ser un poema, tenía la decepción escrita en la frente, y quizá por ello, o porque era así de amable, le indicó la forma de rellenar los cartuchos vacios con tinta de un tintero y una jeringa. Se lo agradeció infinitamente, y tras comprar el tintero y un paquete de folios, se fue a la farmacia a buscar la jeringa. La chica de la farmacia le miró un poco raro, tanto que dijo en voz alta que necesitaba una jeringa para rellenar el cartucho de tinta con el tintero que mostró a la chica.

 Al volver a casa relleno un cartucho con la tinta y comprobó que el plumín seguía en perfectas condiciones, era suave y rápido, la tinta iba manchando el papel, primero brillaba y luego, al secarse, se convertía en mate.


 Con todo dispuesto en el escritorio, la pluma y los folios, se dispuso a escribir la obra que durante años merodeó por su cabeza.


REGRESO




  REGRESO

  Tras recorrer un montón de kilómetros y sentirme cansada de conducir, que el aroma de los boj del jardín inunden mis pulmones al bajar del coche, me reconforta. Tengo que podarles, pero mejor mañana, hoy tengo mucho que hacer.

  Siempre me ha gustado el silencio de nuestra casa, tan apartada, tan íntima, tan grande y tan pequeña a la vez. Grande, porque me siento segura y me ha dado miles de momentos inolvidables. Y pequeña, porque sólo tiene una habitación, un salón, un baño y la cocina.

  Al entrar en casa me he dado cuenta de la cantidad de tiempo que llevaba cerrada. Pero enseguida he abierto las ventanas, para iluminar las habitaciones con la luz del sol, y que el aire se  impregne de la fragancia de los boj.

  No he perdido ni un minuto en quitar las sábanas que cubren los muebles, pero el polvo me ha hecho estornudar. Si, de esa forma tan escandalosa, y si, ¡he estornudado tres veces! No sé por qué, pero es algo que no puedo evitar, hasta que no estornudo tres veces no consigo que deje de picarme la nariz, aunque me suene una y otra vez.  Y si no lo hago tan fuerte, es cómo si no estornudara. Vale, si, no es muy educado, ya lo sé.

  He abierto el armario de nuestro cuarto y aún persiste el perfume a lavanda del antipolillas. ¡Después de tanto tiempo! No he podido resistir mirar la marca, es una maravilla que dure tanto. Las sábanas están en sus cajas, sin polvo y sin olor a humedad. He cogido las de hilo blanco, las más suaves que tenemos, las que más nos gustan, y he hecho la cama. Tras colocar los pijamas bajo la almohada, unas velas en el aparador y cerrar la puerta de la habitación he ido al coche a sacar los víveres de nuestra cena.


 Mientras aliño la ensalada y aderezo la carne, pienso lo mucho que me apetece esa copa de vino que siempre me ofreces mientras cocino. Y en ese instante todo acude a mi mente con una velocidad vertiginosa, mi corazón se encoje y me obliga a exhalar un profundo respiro mientras no dejo de pensar que ¡Ojalá estuvieras aquí!

viernes, 31 de mayo de 2013

UN ACCIDENTE








UN ACCIDENTE

   El equilibrio que había alcanzado en mi vida después de varios  años se  desvaneció esta mañana cuando el Inspector García apareció en el umbral de mi casa.
    Le miré extrañada, habían pasado más de diez años desde la última vez que le vi, seguía  igual, excepto por las incipientes canas en las patillas.
    De repente acudió a mi mente todo lo ocurrido. Fue como si volviera a pasar de nuevo, las lágrimas se agolparon en mis ojos y llevé mis manos a la boca para no gritar. Él enseguida quiso justificar su presencia con un “no es nada malo, se lo prometo”.
     Mientras le acompañaba a la sala recordé todo lo que aconteció entonces:
    “Mis padres no tenían una buena relación, lo sé porque les oía discutir muchas noches, pero mi madre no quería hablarme de ello. En varias ocasiones se había levantado con un moratón en la cara o en los brazos que ella me justificaba como golpes con las puertas o caídas desafortunadas.  Pero yo empezaba a sospechar que aquello era algo más  que eso.
   Todos los días me acompañaba al colegio, a pesar de tener edad para ir sola, pero ella siempre me decía que el próximo año, cuando fuera al Instituto, podría hacerlo. Siempre se despedía de mí con un beso y un te quiero, que se convirtió en una rutina a la que no dábamos la importancia que se merecía. Pero ese día, ese terrorífico día, fue diferente, porque cuando no había dado más de seis pasos en dirección a la puerta del colegio me llamó, me volví algo extrañada y me dijo “No olvides que te quiero”, sonreí y le dije adiós con la mano.
    Cuando salí de clase no encontré a mi madre  sino a mi tía, con unas enormes gafas de sol y muy nerviosa. Me acompañó a casa y en el camino no hizo más que llorar y sonarse la nariz. Y aunque le preguntaba una y otra vez que qué era lo que ocurría, que dónde estaba mí madre, fue incapaz de articular palabra. Al entrar en casa, estaban mis tíos, mi abuela, mis primos, todos con gesto serio y con lágrimas en los ojos. Estaba tan nerviosa que pregunté a voz en grito qué estaba pasando. Mi abuela me llevó a la cocina, me preparó un vaso de leche caliente y me obligó a tomarlo antes de decirme nada. Prácticamente lo bebí de un trago. Y entonces fue cuando me dijo que mi madre había tenido un accidente y había muerto. Creí morir en ese instante, mi madre era mi mundo y todo en vida giraba en torno a ella. Lloré, grité, rompí el vaso de leche contra el suelo e inculpé a mi padre. Pero mi abuela me dijo que él no tuvo nada que ver en el accidente. “¡Eso ya lo veremos!”, dije en un arrebato de ira.
     El resto fue muy deprisa,  me sentía inmersa en una especie de nube que me  llevaba de un sitio a otro sin poner nada de mi parte.  La enterramos dos días después, con ese vestido negro que tanto le gustaba y que le sentaba tan bien, pero no me dejaron verla. Recuerdo haber dejado unas rosas blancas sobre su tumba y un papel en el que escribí, “No olvides que te quiero”.
     El Inspector García se convirtió en un asiduo en casa, le llamaba todos los días para saber si padre tuvo algo que ver en el accidente, y tras un mes de investigaciones pudo asegurarme que no había tenido relación alguna. Aun así, no quise vivir con mi padre y me fui a vivir con mi tía. A mi padre no le importó y rehízo su vida, se volvió a casar con una mujer demasiado joven para él,  a la que podía ver casi todos los días y cuyo aspecto fue decayendo con el paso del tiempo. No hacía falta imaginar qué era lo que le ocurría.”
    Cuando entramos en la sala le invité a tomar un café.
     Usted dirá Inspector, estoy impaciente por saber qué le trae por aquí.
     La verdad es que no sé por dónde empezar señorita López— respondió el inspector mientras removía el azúcar en el café.
        —  María, por favor Inspector.
        —  Gracias María. No sé cómo podré explicarle todo esto, así que se lo contaré tal y como aconteció, ¿le parece bien?— preguntó el Inspector García.
     Por supuesto, cómo le resulte más fácil— respondí mientras me acomodaba en el sillón dispuesta a escuchar.
     Ayer acudió una mujer a la comisaria, que se identificó como Ángeles Martínez, esposa de Luis López.  Y nos dijo que había envenenado a su marido con raticida porque era incapaz de soportarlo más. Lo cierto, es que tenía la cara amoratada, los brazos, las piernas, señales de quemaduras de cigarrillos en el pecho y cicatrices diversas en muñecas. Acudimos a su domicilio y encontramos a su padre muerto en su cama.
     ¡Maldito cabrón!, se lo merecía Inspector, se lo merecía.
     Calma María, por favor. Aún no he terminado.
     Siga usted Inspector— dije mientras volvía a acomodarme en el sillón e intentaba calmarme
      Tuvimos que arrestar a Ángeles por homicidio, naturalmente. Y la llevamos al Hospital para valoración psiquiátrica y examen físico. Cuando registramos la defunción de tu padre saltó una alarma. Al parecer, si tu padre fallecía debíamos ponernos en contacto con cierta asociación llamada “Última esperanza”.
 Y llamé por teléfono, pensando que tuviera algún familiar internado en ese lugar, su madre o algún hermano. Pero no fue así.
     Podía habérmelo preguntado Inspector, mi padre no tiene familiar alguno.
     La verdad es que actualmente eso es cierto, pero sí existe cierta persona que tuvo relación con él hace unos diez años.
De repente todo empezó a darme vueltas, ¿qué era lo que quería decirme exactamente? ¡No era posible!…… ¿lo era?......
     ¿Qué quiere decirme Inspector?— supliqué con un hilo de voz.
     María, espero que esto no le trastorne  y sea un motivo de felicidad para usted. Su madre no falleció aquel día.
No pude escuchar más, perdí el conocimiento. Y cuando lo  recobré estaba tumbada en el sofá con los pies en alto y con el Inspector mirándome preocupado.
     ¿Está usted bien María?— me preguntó nervioso.
Me sentía mareada, pero le pregunté:
     Por favor Inspector, ¿es cierto que mi madre vive?, ¿dónde está?
    En cuanto se recupere y se sienta con fuerzas nos vamos a buscarla María, he quedado en ir con usted.
   Me levanté todo lo deprisa que pude, cogí el bolso y las llaves y me fui con él.

   Cuando llegamos y la vi, la reconocí enseguida, la abracé, la besé, lloré. Era incapaz de soltarla, estaba radiante y feliz.
   No hicieron falta explicaciones. Ahora podemos vivir felices y en paz.


jueves, 11 de abril de 2013

¿CÓMO TE LLAMAS?











     
  Cuando mi padre leyó la novela “Robinson Crusoe” decidió, que si algún día tenía un hijo, le pondría el nombre del día de la semana en el que naciera.  Creo que no pensó, ni por un segundo, que pudiera ser una niña. Así fue, pese a que mi madre se opuso con firmeza antes, durante y después del parto.  Antes, intentó disuadirle buscando nombres como Marta, Ana, María, Inés… Durante el parto intentó persuadirle con el sufrimiento que estaba padeciendo, y  después con lágrimas reales, que él, frío como un témpano, porque se había informado de la depresión post parto, acalló  mostrándole el nombre elegido en el Libro de Familia.

      ¡Maldito lunes!, dijo mi madre, no para maldecirme, sino que
esperaba que al menos hubiera nacido en miércoles, como la hija de la familia Adams.

      Lunes, nací un lunes y mi nombre por tanto  Lunes Marta. Marta fue un pequeño regalo para intentar que la recuperación de mi madre fuera más rápida y que cuando llegara a casa su vida no cambiara en exceso. Si, es cierto, mi padre además de autoritario, era un poco, o más bien un mucho, egoísta. Por ser tan autoritario, no consentía que nadie me llamara de otra forma que no fuera Lunes.
    Siendo un bebe no te importa cómo te llamen, no te enteras de nada. Siendo niña las cosas cambian, cuando alguien te pregunta tu nombre y le dices que es Lunes, siempre te contestan:

       ¡Qué niña más encantadora!, no cariño, no te pregunto por el día qué es, sino ¿cómo te llamas?

  Y cuando insistes que te llamas Lunes, sus caras lo dicen todo.     Así que, siendo niña me di cuenta que mi vida no iba a resultar nada fácil llamándome de esa forma, ¿por qué tuve que nacer un lunes? Aunque pensando con más cautela, dentro de lo malo, no era tan malo, si hubiera nacido unos minutos antes me hubiera llamado Domingo (o aún peor Dominga, ¿os imagináis?)

     Llevé mi nombre con cierto orgullo, un orgullo inculcado por mi
padre, pero sólo hasta que decidí que Marta me gustaba mucho más. Evita las bromas, las risitas tontas, contar el por qué de mi nombre y mil cosas más, las cuales me aburrían soberanamente. Evidentemente en casa mi nombre era Lunes, pero cuando entré en el Instituto me convertí en Marta.

     Mi padre no se enteró, no porque mis amigos no vinieran a casa, sino porque él vivía en su mundo, un mundo al cual no podía entrar. Ese mundo resultó ser un mundo de demencia. Durante años he pensado por qué no cambió de idea y creo que fue por su carácter tan rígido, tan tenaz, tan inflexible, tan seguro, que cómo había tomado su decisión, no podía desdecirse, y menos ante mi madre.

 No puedo culparle, sólo maldecir al lunes y a Robinson Crusoe por darle la idea. Sigo llamándome Lunes Marta, pero sólo en el carnet de identidad, para los demás, Marta.