lunes, 25 de febrero de 2013

VIAJE NOCTURNO


VIAJE NOCTURNO


                                   


  Había entrado en el metro casi en el momento de cerrar, el andén de su vía estaba vacío y en el de enfrente, un hombre con un sombrero negro la miraba intensamente. Ella sintió un escalofrío al sentir su mirada y se alegró de que aquel individuo no la acompañara en su viaje. El tren inició su entrada en la estación y aquello le hizo olvidar a aquel personaje.
  Cuando entró en el vagón no había nadie, ni siquiera en el vagón siguiente y volvió a sentir un escalofrío. ¡Deja de pensar tonterías! —, pensaba mientras se sentaba, porque no había nada que temer, no había nada ni nadie que pudiera hacerle daño. Así que, abrió su bolso y se colocó los cascos de su MP3 para que la música no le hiciera pensar o imaginar, sólo eran tres estaciones y ya estaba llegando a la primera, quizá subiera algún pasajero. Pero no subió nadie, el andén estaba vacío y el tren inició la marcha de nuevo.
  Se miró en el cristal frente a su asiento, se colocó ese mechón rebelde y sacó el gloss para pintar sus labios mientras canturreaba la canción que sonaba en sus oídos. Y de pronto, sin saber cómo, la pequeña ventana se abrió de golpe con un sonido tan grande que le hizo dar un respingo. Se levantó y cerró la ventana. Volvió a sentarse para tranquilizarse mientras miraba la ventanilla y justo entonces apareció la imagen del señor que había dejado en el andén. Se levantó asustada, pero la imagen desapareció.
  ¡Deja de fantasear!, ahí no puede haber nadie – se decía a sí misma. Y volvió a sentarse, pero esta vez no conseguía que su corazón se calmara, a pesar de que su mente no dejaba de decir que todo eran imaginaciones por miedo.
  Llegó a la segunda estación, un hombre con sombrero negro entró en el vagón siguiente al suyo, se quedó tan tensa que fue incapaz de bajarse del suyo, las puertas se cerraron y el tren inició su marcha.
  No podía dejar de mirar a aquel hombre, tan parecido al que dejó en el andén y al que creyó ver en la ventana. El hombre se acercó a su vagón y miró por la ventana de la puerta. Cruzaron las miradas y ella sintió que su corazón no era capaz de caber en su pecho, la respiración se aceleró y el vello se le erizó.
  Aquel hombre intentó abrir la puerta y ella se levantó inquieta y nerviosa, deseando que la estación llegara antes de que aquel hombre entrara en su vagón. Se alejó lo más que pudo llegando al final de su vagón. El tren inició la entrada en la estación al tiempo que el hombre entró en su vagón. Se acercaba con paso rápido a ella. El tren parecía que no terminaba de pararse, y los pasos de aquel individuo eran más rápidos cada vez. Cuando el tren por fin abrió las puertas ella salió corriendo y cuando miró atrás, no había nadie. 

UN JUEGO


UN JUEGO

               





   Si sale un as, te quitas la blusa.

 —  ¡Y un cuerno!, vamos que no tengo otra cosa que hacer.

    Pero María se queda pensando con los ojos fijos en los de Carlos, calcula las posibilidades reales de que salga un as. Sólo hay cuatro en la baraja, la posibilidad matemática de sacar un as sería de cuatro de cuarenta, o lo que es lo mismo una de diez. Los ojos de Carlos no desvían su mirada de los ojos de María, casi ni pestañea, era como si le estuviera diciendo que aceptara la apuesta. Los segundos pasaban y María seguía pensando.

    Si acepto la apuesta, tendría que pensar que le pediría y lo dice casi a la vez que lo está pensando.

   Si gano te quitas los pantalones.

   Carlos da un respingo en la silla y baraja con soltura las cartas, le pasa el mazo a María y deja que la corte.

   ¿Quién levanta primero?

   Yo, claro, por algo he barajado.

   No, no está claro- responde María con el ceño fruncido. Si tú barajas yo levanto la primera carta.

   ¡Caray María!, que no es así.

   ¿Qué pasa?, ¿has hecho trampa? ¿por eso no quieres que lo haga primero?

   ¡No seas boba!, mira tiramos una moneda al aire y que el azar decida.

   ¡Vale!, pero yo tiro la moneda.

   ¡Ya estamos! mira que eres pelmaza.

   Pero ¿qué mosca te ha picado?, quieres levantar primero la carta, quieres tirar la moneda. ¿Qué problema hay que lo haga yo?

   No hay ningún problema, es que siempre quieres ser tú la primera.

   ¡Ah claro!, yo la primera- responde María irónicamente. Es cierto, yo me levanto la primera y te pongo el desayuno, me ducho la primera porque aún no te has levantado, hago la cama mientras desayunas, saco al perro porque te estás duchando y saco el coche del garaje porque soy la primera en salir de casa. Es cierto siempre soy la primera.

   ¡María por Dios! que estamos jugando, no empieces.

   Dame la moneda.

   ¡Qué pesada!, tira anda.

   Pues no, ahora tiras tú.

   ¡Pero te vas a decidir!

   Es que si tiras la moneda y ganas, yo saco la carta.

   No, si yo gano, yo saco la carta.

   Bueno pero entonces yo barajo.

   Joder María, ¡así no hay forma!

   ¡Oh vamos!, no te enfades. Anda tira la moneda

   ¿Qué te pides?

   Cara

   Carlos tira la moneda y sale cruz. María baraja de nuevo y Carlos levanta la carta, es un dos.

   ¡Quítate los pantalones!— grita María regodeándose y mirándole con emoción mientras no deja de sonreír y frotarse las manos.

   Carlos se levanta y sin pensarlo mucho se quita rápidamente los pantalones. Coge el mazo de cartas y baraja.

   Ahora, levanta tú la carta.

   María mira con recelo la baraja, está convencida que ha hecho trampa, pero no sabe cómo, levanta la carta y:

   ¡Un as!, quítate la blusa pequeña y enséñame lo que hay debajo— dice Carlos con sonrisa maliciosa.

   ¡Has hecho trampa!, lo sé.

    Pero obedece y se quita la blusa muy despacio, una eternidad entre botón y botón.

    Vale, ahora barajo yo— dice María.

   Y baraja sabiendo que ahora la posibilidad de sacar un as es aún menor.

   Carlos levanta la carta:

   ¡Un as! Los pantalones cariño, pero muy despacito por favor.

   María mira atónita la carta, ¿cómo es posible que tenga tanta suerte? Pero obedece, se levanta de la silla, se desabrocha el botón mirando los ojos de su contrincante y lentamente baja la cremallera y coloca los pulgares sobre la cinturilla del pantalón mientras lanza un beso con los labios.

   Carlos se remueve en la silla, hace un amago para levantarse, pero ella le detiene con un leve gesto de mano. Y termina bajando lentamente sus pantalones.

   Me toca barajar a mi nena, ¿tendré suerte?

   No hagas trampas.

   No, sabes que no lo hago.

 María cree que matemáticamente la posibilidad de que salga otro as es remota y está pensando en que prenda hará quitar a su pareja. Levanta lentamente la carta y:

   ¡Ja!, esta es la mía cariño— ríe Carlos muy excitado. Ahora el sujetador, pero despacio, ya sabes, muy despacio.

   María termina por sonreír, se levanta de nuevo, se moja los labios y mira intensamente a Carlos. Baja la hombrera izquierda muy despacio con el dedo índice de la mano derecha y observa, cómo a él, la respiración se le acelera. Con el dedo índice de la mano izquierda baja aún más despacio la hombrera derecha, y él se remueve en su silla sin dejar de mirarla.

    Con ambas manos en la espalda, se gira sobre sí misma, y le mira por encima del hombro derecho, le guiña un ojo y le envía un beso antes de soltar el sujetador, y él se levanta de la silla. Ella deja caer el sujetador en el suelo y se da la vuelta despacio, pero cuando termina  Carlos está frente a ella y se besan atropelladamente. Enredados dan pasos sin mirar hacia la habitación y tras entrar en ella cierran la puerta.

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   ¡¡Mierda!!, ahora que venía lo bueno me cierran la puerta. ¡Para una vez que tengo unos vecinos decentes me dejan con la miel en los labios! Cierro la ventana y me consuela saber que en la mesilla tengo un compañero fiel que me espera sin preguntar.







viernes, 24 de agosto de 2012

TAL VEZ





TAL VEZ

Soy capaz de recodar cada uno de los detalles que envolvieron aquella despedida,  y aunque fue hace muchos años tengo la sensación  de que puedo percibir el olor de aquella vieja estación de tren.

Recuerdo los adoquines del andén, blancos y grises haciendo figuras geométricas que eran capaces de marearte si los mirabas fijamente. Los bancos  de hierro negros con la pintura descascarillada en las zonas de mayor uso y hasta las papeleras llenas no solo de papeles. El enorme reloj suspendido en el centro de la estación marcando las diez menos cinco de la mañana. Y al jefe de estación con su uniforme inmaculado, su gorra bajo el brazo y su silbato anunciando la próxima entrada del tren en la estación.

Y a mí, de pie, al final del andén, con la maleta junto a mis pies esperando.   Miré a derecha e izquierda, (instintivamente acabo de repetirlo),  pero no estaba. Los árboles, más allá del andén estaban en el apogeo de la primavera, verdes y frondosos con sus hojas moviéndose  lentamente con la pequeña brisa matutina que hacía ondear mi flequillo. Sé que en aquel momento  cerré los ojos y aspiré   profundamente el aroma del aire, quería recordarlo para siempre, no quería olvidarlo.

Antes de abrir los ojos de nuevo, deseé  que se encontrara frente a mí, pero no  fue así. Lo único que se acercaba era la hora de subir al tren, que en ese preciso momento iniciaba su entrada en la estación.

El traqueteo del tren, el silbato del jefe de estación y el murmullo de la gente me hizo reaccionar y coger mi maleta para subir en él. Cuando se abrió la puerta frente a mí, volví a mirar de nuevo a derecha e izquierda, pero no estaba.

Subí al tren, muy despacio, intentando alargar mi salida del andén y por un momento pensé en no hacerlo, bajar mi maleta y esperar sentada en uno de esos viejos bancos desgastados que viniera a recogerme. Pero mi orgullo herido fue más fuerte que yo y mis pies le obedecieron ciegamente.

Cuando el tren inició su salida, volví a cerrar los ojos y a respirar profundamente  para despedirme de todos los años que pasé allí.

Admito que durante años he fabulado con todas la posibilidades que pudieron darse aquella mañana. Que viniera a buscarme casi ahogado por el esfuerzo y me tomara en sus brazos para regresar juntos. Que al intentar llegar a tiempo su coche sufriera un mortal accidente. Que al llegar le dijera que no podía seguir con él a pesar del amor que le profesaba.  Que discutíamos durante horas en aquella estación delante de personas que nos juzgaban sin saber. Que me quedaba en la estación y regresaba a casa sin que él supiera aquella aventura que estuve a punto de realizar. Que me quedé allí pero no con él.

Pero lo que realmente pasó fue que cuando el tren inició su marcha me dije:

“Tal vez un día venga buscarme y entonces sabré lo tengo que decirle”

Pero nunca supe nada de él.





miércoles, 18 de julio de 2012

MI SOMBRA Y YO




MI SOMBRA Y YO

  Nadie nos lo ha dicho nunca, pero cuando nacemos, además de un alma nos dotan de una sombra. Como el alma, es algo que no se ve, y no nos lo dicen para que tengamos una vida sin preocupaciones, para que no estemos pendientes más que de mantener nuestra alma en las mejores condiciones, para que la sombra no haga que tomemos decisiones que de otra forma no tomaríamos.
 Pero yo la he visto, bueno no la he visto físicamente, pero he sentido su presencia, del mismo modo que siento el alma. 
 La primera vez que me di cuenta de ella, tendría unos diez años, cuando tuvimos el accidente de coche que me mantuvo en coma dos días. Fue el hecho de sentirla lo que hizo que abriera los ojos y mirara con cierta angustia a mi alrededor. Mi madre, que en ese preciso momento estaba a mi lado, no hacía más que repetirme que no pasaba nada, que estuviera tranquilo. Pero sabía que estaba allí y me provocaba un gran desasosiego, tanto que el monitor de mi corazón se puso a pitar porque mis latidos habían llegado a más de ciento cuarenta por minuto. Cinco minutos después, había dejado de sentir su presencia. No pude explicar a mi madre que es lo que sentía, no tenía idea de lo que era la sombra, ni cómo explicar algo que no se ve. Sin embargo, mi madre, mi querida madre, mi añorada madre, no dejaba de repetirme que todo había sido fruto de un mal sueño producto del accidente que había sufrido, que no tenía que preocuparme por nada, que todo estaba bien.
 Y como yo deseaba que fuera cierto, me auto convencí que lo era.
 Durante años no volví a sentirla, pero cuando empecé a estudiar Medicina su presencia se hizo más fuerte. Y no sólo sentía la mía, sino que era capaz de sentir la sombra de ciertas personas, personas que no tardarían en dejar este mundo. En ellas, la sombra ocupaba casi todo su aura, sólo quedaba un pequeño resquicio de luz, a veces tan pequeño, que incluso el alma  que luchaba por mantenerse , era incapaz y escapaba por ese diminuto espacio que terminaba por cerrarse un vez que lo hacía.  Y en ese momento la sombra adquiría su máximo esplendor.
 Cada día notaba como la sombra iba ganando espacio, y cada día mi angustia aumentaba. Tanto que tuve que dejar mi carrera, someterme a terapia psicológica, buscar entretenimiento mental estudiando cualquier cosa que me hiciera dejar de pensar en ella. Pero todo era inútil, ella ganaba su espacio día a día, y yo era consciente de ello. No quería relacionarme con nadie,  porque sabía lo grande que era la sombra de cualquier persona. Mi psiquiatra, que fue capaz de escucharme sin reírse, se convenció de que lo que decía era cierto, cuando le dije que su sombra era ya demasiado grande, que no tardaría más de dos meses en llegar a ocupar todo su espacio. Una semana después le diagnosticaron un cáncer de páncreas, y un mes después la sombra consiguió su trofeo. Como buen profesional que era, dejó sus notas a un compañero psiquiatra, al que me encomendó, que las leyó un poco escéptico.
 El primer día que acudí a su consulta me miró de arriba abajo, me sonrió, y antes de decirle  buenos días me dijo:
 “Mi sombra es mía, y no consiento que nadie me hable de ella”.
No sé si aquello me sirvió como repelente, o me hizo pensar que no tenía derecho a inmiscuirme en la vida de los demás, pero dejé de sentir las sombras de las personas de mí alrededor.
No conseguí dejar de sentir la mía, porque la mía era mía, y tenía derecho a sentirla, pero al dejar de sentir la de los demás, pude volver a tener vida social.
 He aprendido a vivir con mi alma y con mi sombra, y aunque sé el tiempo que me queda, ya no me angustia, porque finalmente he logrado tener momentos, largos momentos, en los que he conseguido olvidar su existencia.
 Quizá contribuyó  el hecho de haber sido capaz de cumplir con los objetivos de mi vida o que he logrado ser feliz, no lo sé. Pero hoy día, me siento tranquilo, calmado, sabedor de que mi tiempo ha llegado a su fin, y dispuesto a aceptar que hay cosas que no pueden cambiarse, como tener los ojos azules o tener el pelo negro.  Ahora, que sólo me quedan minutos, sabré el lugar donde morará mi alma, y eso es más grande que la sombra que me invade.

miércoles, 20 de junio de 2012

TODA UNA VIDA





TODA UNA VIDA




Elena no fue una niña afortunada, veía como día sí y día también, sus compañeros de cuarto dejaban sus camas para irse a vivir con sus nuevos padres. Y como aquellas camas volvían a tener otros ocupantes, y que pasado cierto tiempo estarían libres de nuevo.


No sentía envidia, porque había encontrado su lugar en el orfanato, ya tenía doce años y podía ocuparse de los más pequeños. Y le gustaba hacerlo,  lo que sentía era una gran tristeza por tener que dejar marchar a muchos de aquellos niños a los que había mimado, acunado y querido.


Le gustaban las manualidades, y cuando las monjas le daban unos carretes de hilos de colores, hacía pulseras. Y decidió que cada vez que uno de sus pequeños amores se fuera a una nueva casa, le pondría una de esas pulseras y una pequeña nota bajo la ropa. En ella decía a la familia de acogida que guardaran aquella pulsera para que cuando creciera supiera que hubo alguien que le quiso cuando no tenía a nadie.


E imaginó, que quizá con el tiempo, podría encontrarles y descubrir que todo había salido bien. No era capaz de imaginar que les pudiera pasar nada malo a ninguno de ellos.


Pero los años pasaron, y cumplió los dieciocho, la edad en la que debía abandonar el orfanato. Fue un día triste, dejó pulseras y notas a todos sus niños. Con gran pesar y una pequeña bolsa cruzó la puerta para enfrentarse a su nueva vida. Las monjas habían logrado encontrarle un trabajo como sirvienta interna en una casa donde habitaba una pareja de octogenarios.


Allí trabajo durante quince años, hasta que ambos fallecieron. Pero su dedicación a ellos fue tal, que al no tener descendientes la  hicieron única beneficiaria en su testamento. De este modo se encontró con 33 años siendo propietaria de una casa y con una pensión, lo suficientemente buena, como para dedicarse a hacer lo que realmente le gustaba. Estudió  y se hizo Asistente Social. Poco después de terminar aprobó las oposiciones y solicitó trabajar en un orfanato.  Así pasaron los años, y continuó  haciendo lo mismo con sus pequeños, les hacía la pulsera y les entregaba la nota a los padres adoptivos.


Al cumplir los 65 años, la obligaron a jubilarse. Fue el segundo peor día de su vida, se sentía tan triste  que era incapaz de abrir por última vez la puerta de su despacho y salir para no volver. Miraba su despacho con lágrimas en los ojos, contemplaba las fotos de todos y cada uno de los niños a los que quiso mientras estuvieron con ella y el corazón se le encogía cada vez más.



Al final,  con gran pesar y cabizbaja abrió la puerta,  notó un gran silencio, levantó su mirada del suelo y vio  un numeroso grupo de personas que la estaban mirando.

Atónita preguntó que qué era lo que deseaban. Y entonces, todos a la vez, mostraron sus muñecas adornadas con pulseras de hilos de color.


martes, 19 de junio de 2012

Mi Plumier




MI PLUMIER

 Recuerdo, como si fuera hoy, el día  que mis padres me regalaron un plumier. Era de madera, con unos pequeños grabados de flores en la parte superior pintados en blanco y verde. Además estaba barnizado, lo que le daba un aspecto brillante. Se abría girando lentamente la mitad superior  hacia un lado dejando ver los dos espacios donde poder guardar mis lápices de colores, mi lápiz para escribir, la goma de borrar de Mylan y el sacapuntas metálico, y al hacerlo podía apreciar el olor a madera.
  Fue el regalo de mi quinto cumpleaños, el 18 de agosto de 19…  (No pienso deciros mi edad). Esperar dos semanas para poder enseñárselo a mis compañeras de curso se me hizo eterno, los días parecían pasar lentamente e incluso tuve la sensación que, de tanto mirar el plumier perdiera el brillo.  Me imaginé sentada en mi pupitre, abriendo mi cartera y colocándole sobre la mesa, era capaz de sentir la envidia que más de una me tendría, sobre todo Rosita, ella siempre conseguía cualquier cosa de sus padres y sabía que al día siguiente de verlo, tendría otro muy parecido al mío, pero no me importaba, sonreía, al fin y al cabo yo sería la primera. Me veía rodeada de mis amigas admirando mi gran tesoro y me sentía tremendamente feliz.
  Lo que no pude imaginar, fue que ese regalo traía consigo la primera gran pérdida de mi vida. Me habían cambiado de Colegio, y ni siquiera me dieron la oportunidad de despedirme de mis amigas.
   El primer día de clase en el nuevo centro, no llevé mi plumier, lo dejé en casa, fue un acto de rebeldía, una forma de protestar por no haberme dicho nada. En él puse mis lapiceros de colores favoritos, el último lápiz que use en el otro colegio, la goma de borrar desgastada y el sacapuntas metálico. Y cada tarde, al llegar a casa, abría el cajón de la cómoda donde lo había guardado y lo sacaba, le admiraba con cierta tristeza y volvía a guardarlo.
  Un día, la profesora de lengua nos pidió una redacción, no nos puso tema, dijo que cada uno podía escribir sobre aquello que más le gustara. Llegué a casa pensando sobre qué podía escribir, y cuando abrí el cajón de la cómoda supe que debía hablar de mi plumier.
  No recuerdo muy bien el contenido de mi pequeña redacción, pero sí que mi profesora me preguntó si ese plumier existía. Y que si así era, debía guardar en él mi mejor lápiz, mi mejor bolígrafo o mi mejor pluma, pues gracias a él se había descubierto a una pequeña escritora.
   He guardado el plumier durante años, y he obedecido a mi profesora, pues en él guardo mi mejor pluma, mis lápices de colores, el último lápiz que usé en mi primer colegio, una goma de borrar desgastada y un sacapuntas metálico.  Y junto a él, hay un montón de historias, cuentos, poemas y pensamientos que aún nadie ha leído.  Posiblemente algún día alguien abra el cajón y los encuentre, sólo espero que disfrute con su lectura.

miércoles, 13 de junio de 2012

MUJERES!!!


 ¡MUJERES!    

       Carla se encontraba de pie en medio del salón, la luz que entraba desde la ventana iluminaba su camisa haciéndola parecer aún más blanca. Su mirada se dirigía a la mesa del ordenador, éste se encontraba cerrado, esperando su apertura, pero a ella sólo consiguió torcerle el gesto. Se había levantado contenta, una idea apareció la noche anterior, y no dejaba de rondarle la cabeza, pero aún no tenía muy claro la manera de desarrollarla. 
    Salió del salón en dirección al jardín, el día era radiante, la temperatura excelente y el aire traía una mezcla de flores típica de la primavera en pleno campo. Esperaba encontrar a su vecino Marcos, pero mirando por encima de las adelfas no parecía que se hubiera despertado. Las persianas seguían bajadas a pesar de ser más de las once de la mañana. Esto en Marcos era bastante frecuente, le gustaba más la noche que el día.  Se sentó en la hamaca, cerca de la piscina, y mientras esperaba que despertara su vecino siguió pensando en la idea que la rondaba.
   Al cabo de diez minutos, el calor del sol y ese continuo bullicio en su cabeza la sucumbieron en un dulce sueño. Marcos apareció de repente, estuvo a punto de mandarle hacer puñetas, pero el deseo de estar con él era más fuerte que el sueño.
  Marcos era moreno, alto y delgado con un bigote tipo Clark Gable, pasado de moda, pero que no le sentaba muy mal. Sus dientes blancos inmaculados, sus labios finos (por ello el bigote), unas gafas redondas ocultaban unos bellos ojos verdes y un peinado de niño de colegio con la raya a un lado.
 Carla había intentado cambiar su aspecto en mil ocasiones diferentes, deseaba cortarle el pelo y ponerlo de punta con gomina, afeitar su bigote y buscarle unas  gafas que resaltaran su belleza. Pero todo era inútil, todas las veces que lo había intentado al día siguiente aparecía con su imagen de siempre.
        ¿A que no sabes que me ocurrió ayer?– preguntó Marcos
        A ver dime, ¿ has decidido que hoy te cortarías el bigote?— respondió Carla con sorna
        Ya sabes que lo has intentado muchas veces, pero no pienso hacerlo.  Es casi como la excusa para mantenerte enrabietada más tiempo— respondió Marcos. No, no es eso tonta, ¡Tengo novia!
  Carla se incorporó de la hamaca, sus ojos abiertos como platos miraban incrédula semejante afirmación. No era posible que hubiera conocido a nadie sin estar ella presente. No daba crédito a las palabras de Marcos, pero se contuvo y preguntó con una ligera sonrisa
     ¿De veras? , ¿cuando la has conocido? ¿la conozco?
Por dentro sentía una rabia intensa. Estaba enamorada del hombre que decía haber encontrado otra mujer.
     No te lo vas a creer, se llama Laura, viene conmigo en el metro todos los días. Hace dos meses que hablamos en el trayecto hacia el trabajo.  Hace una semana quedamos para tomar algo y ayer le dije que si quería salir conmigo, así se simple. Dijo que sí.
     ¡Vaya!, pues me alegro Marcos— dijo Carla con una sonrisa un tanto artificial
Perdona he de ir de compras, ¿nos vemos luego?
     Sí, claro. Luego te veo. Ciao Carla.

  Carla fue a su cuarto, recogió el bolso una chaqueta y las llaves del coche. Todos sus planes habían cambiado en unos minutos, pero no estaba dispuesta a que todo acabara como siempre. Esta vez, él no ganaría.
     Compró chocolate, avellanas y nueces.  Hizo una inmensa tarta de chocolate. Sabía que a Marcos el chocolate le encantaba. La excusa era perfecta, había que celebrar que tenía novia.
     Llamó a Marcos, le dijo que le esperaba para merendar, que tenía una sorpresa para él.
     Dos horas después la ambulancia estaba en casa de Carla, Marcos había sufrido una intensa reacción alérgica que le provocó la muerte por asfixia. Pensaron que la causa podría haber sido algún fruto  seco de la tarta. Sólo Carla sabía que Marcos era alérgico a las nueces, ella fue quien le hizo las pruebas en su laboratorio y aún no había emitido el informe, jamás vería la luz.
   No volvería a reincidir, los hombres dejarían de ser su objetivo.  Se centraría en las mujeres, al fin y al cabo fueron ellas  las que consiguieron alejarla de los hombres que había amado.